El presidente Carlos Salinas de Gortari y su equipo de economistas neoliberales sabían que el modelo de producción industrial y agropecuario de México había llegado a su límite histórico con el modelo de sustitución de importaciones. Pero no se atrevieron a dar la ruptura de modelo productivo.
El dilema fue muy claro: urgía una estrategia de desarrollo industrial y agropecuario agresiva, pero condicionada y esa fue la clave del éxito que se convertiría en fracaso a un acuerdo de fortalecimiento de la economía mixta con el Estado como el motor para el fortalecimiento de la empresa privada con capacidad de competitividad.
El nuevo desafío requería de la reorganización y redefinición del Estado mexicano: cerrar el ciclo del Estado como aparato de dominación de clases y convertirlo en el dinamo de una empresa privada que tenía que asumir tres condiciones: autonomía de clase, estímulo del sector público para la reconversión industrial para la competencia internacional y un sector obrero también con capacidad de independencia de clase que abandonara el modelo cardenista de sometimiento al Estado y que ya no operara como masa al servicio del partido del Estado.
Salinas de Gortari pareció haber sido la figura que requería este cambio de modelo general y nueva orientación del régimen de la Revolución Mexicana: nieto del PRI, formación maoísta, economista técnico forjado en Estados Unidos, equipo de trabajo tecnocrático y sobre todo posibilidades de hacer la gran reforma productiva del régimen. Pero a la hora de las grandes decisiones, Salinas de Gortari no pudo-no quiso-no lo dejaron-no supo dar el salto cualitativo en la redefinición del modelo de desarrollo que de alguna manera dejó entrever en la fundamentación histórica y de coyuntura del Plan Global de Desarrollo 1980-1982. Por ello desvió el camino de la modernización capitalista y el Tratado quedó sólo en la reforma arancelaria y productiva para que la inversión extranjera viniera a sustituir a la nacional.
En este escenario, el Tratado nació como el virus de su propia incapacidad y destrucción: mantener de sistema/régimen/Estado de la Revolución Mexicana y la Constitución social de 1917 y sólo seguir aprovechando las bondades de corto plazo de un sistema productivo maquilador y ensamblador.
La propuesta del modelo de desarrollo de la 4T se construyó sobre las deficiencias y vicios del proyecto de desarrollo industrial y agropecuario del salinismo; pero, peor aún, tomó el camino de retorno a los objetivos de protección social del proyecto originario, a sabiendas de que toda política social se definía entre dos posibles modelos económicos: el estatista-social-subsidador que había fracasado en el populismo de Echeverría y López Portillo y el neoliberal puro que las empresas extranjeras estuvieron exigiendo para seguir participando en la globalización del mercado norteamericano.
La decisión lopezobradorista fue la obvia: mantener el Tratado salinista tal cual, desentenderse de la planta productiva nacional sin estímulos ni búsqueda de una modernización cada vez más urgente y dedicar toda la recaudación fiscal a una estrategia de becas y beneficios de primer piso para su ejército electoral de reserva, quedándose sin fondos para que el Estado pudiera cumplir su función de estímulo a la modernización de la planta productiva privada.
Todo esta problemática es la que envuelve hoy el destino sin destino del Tratado de Comercio Libre: la 4T no tiene el dinero, ni la voluntad, ni la idea clara para entender que la participación mexicana en la articulación productiva con Estados Unidos y Canadá sigue sólo como maquiladora y ensambladoras y que para lograr competitividad industrial se requiere una nueva política educativa para la producción, una estrategia sindical para la capacitación con libertad gremial y un pacto indispensable con el sector privado para que la modernización productiva comience con el repliegue del Estado como inversionista industrial a una estrategia de programa contracíclico que destine la obra pública justamente a la modernización productiva privada.
Trump encontró el caminito que el secretario mexicano de Economía, Marcelo Ebrard Casaubón, no tiene más remedio que seguir: el regreso de la aventura fracasada de la modernización productiva industrial y agropecuaria estatuita a la precaria capacidad productiva de un Estado pobre que no puede competir con sus socios y entonces ahogarse en pequeños entendimientos arancelarios.
El Plan México pudo haber sido el detonador de ese nuevo modelo de desarrollo capitalista, pero no le dieron la oportunidad y se está regresando a los tiempos maquiladores del populismo fracasado.
Política para dummies: la política se define por las grandes decisiones, no por los pretextos ni justificaciones.
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